Archivo del blog
LA IGUALDAD BOLIVARIANA
El domingo pasado el presidente Chávez, quien ha decido utilizar su comprometido aliento para actos proselitistas y no de gobierno, sostuvo un encuentro con militantes de su partido en el que ordenó la lectura del famoso discurso de Angostura de Simón Bolívar, citando específicamente el siguiente extracto: “Si el principio de la igualdad política es generalmente reconocido, no lo es menos el de la desigualdad física y moral. La naturaleza hace a los hombres desiguales, en genio, temperamento, fuerzas y caracteres. Las leyes corrigen esta diferencia porque colocan al individuo en la sociedad para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den una igualdad ficticia, propiamente llamada política y social”.
Tomándole la palabra al presidente y contribuyendo con el estudio del pensamiento bolivariano, procedemos a interpretar lo dicho por el libertador y citado ahora por su más grande usurpador. Está claro que para Bolívar la igualdad posible es la igualdad política, la cual no es más que una ficción creada por el hombre para tratar de corregir la desigualdad física y moral que nos viene por naturaleza. Esto no es otra cosa que la igualdad ante la ley y la no discriminación entre las personas, o lo que es lo mismo, la llamada igualdad de oportunidades. La ley nivela, al otorgarles a los individuos los mismos derechos sin reparar en sus diferencias naturales. Pero a estas alturas de la historia este principio no tiene nada de revolucionario, toda vez que está reconocido en todas las democracias occidentales y en Venezuela desde hace muchísimos años.
Muy distinto es la igualdad “revolucionaria” o “comunista” que procura Chávez. Para él, esa igualdad política no es suficiente porque no logra la igualdad material entre los hombres y no logra evitar en la práctica la desigualdad en la sociedad producto de las diferencias naturales de las que hablaba Bolívar. La igualdad que nos están proponiendo ahora, no es la igualdad bolivariana, sino aquella que es antinatural, o sea, la que se materializa a la fuerza sin importar las diferencias de carácter, genio y temperamento que existen y existirán siempre entre los hombres. La igualdad que solo se logra prohibiendo el progreso y el libre desarrollo del individuo.
La paradoja de todo esto es que dicho modelo de sociedad solo puede ser impuesto a través de un liderazgo político tan poderoso que se convierte a la larga en una elite que controla tiránicamente al pueblo. Se trata del “Líder” y la “masa”, o sea, de una sola, exclusiva y monopólica “minoría”, sobre una mayoría inerte y obediente por necesidad. Es por esto que tanto en la Unión Soviética de Stalin, como en la Cuba de Castro, como en la Libia de Ghadafi, como ahora en la Venezuela de Chávez; la imposición de estos modelos de supuesta “igualdad” pasan primero por la conformación de una elite tan superior que logra acabar con las “diferencias” entre los demás a costa de generar la mayor e injusta de las desigualdades, la que existe entre un caudillo “todopoderoso y eterno” y una sociedad oprimida y mutilada.
En conclusión, mientras la igualdad democrática es aquella que refería Bolívar relativa a las oportunidades y a la no discriminación ante la ley, en la cual los hombres son libres de destacarse en virtud de sus deseos o ideales; por su parte la igualdad revolucionaria es aquella relativa a los resultados que desconoce las diferencias naturales entre los hombres y se impone a la fuerza nivelando la sociedad a su mínima expresión. Estos son los dos modelos de los que habla Chávez, solo que el “bolivariano” no es el de él. No dejemos que nos expropien también el pensamiento bolivariano que es eminentemente republicano y ajeno totalmente a la actual doctrina “chavista”. Tan es así que luego ese mismo discurso de Bolívar citado por Chávez dice que: “La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente.”.
JOSÉ IGNACIO GUEDEZ
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario