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EL BLACKBERRY VERSUS EL VERGATARIO
Un Blackberry es, además de un teléfono, una causa de muerte en Venezuela, en virtud de los crecientes atracos violentos que motivaron recientemente la aprobación de una ley especial sobre el robo de estos dispositivos. Morir por un teléfono, o matar por él, es una tragedia espeluznante que deja al descubierto el fracaso absoluto del modelo socialista que impulsa el gobierno.
Luego de trece años, es hora que el gobierno asuma la responsabilidad de los índices de violencia en el país, sin esconderse detrás del expediente de la “cuarta república” o de la excusa barata del capitalismo. Ya el “hombre nuevo” que tanto anunciaron llegó, y llegó atracando y matando a sus compatriotas, regocijándose en la más grotesca impunidad que le otorga el discurso socialista, el ejemplo oficial y el autismo de un Estado dedicado a proteger a un solo hombre. Lo más revelador es que no se trata de matar por hambre o necesidad, sino de que en el clímax de la “revolución humanista”, en la calle la vida vale menos que un teléfono. Utilizar un Blackberry en cualquier espacio público a cualquier hora, es una hazaña de riesgo extremo que se puede pagar con la vida. Así estamos.
Pero detrás de esta tragedia se esconde una sutil ironía que bien vale la pena aflorar para contextualizar la farsa del discurso socialista. Esta ola de atracos y asesinatos motivada por el robo de un Blackberry, sucede en paralelo a una campaña oficial millonaria para promocionar la segunda versión del “Vergatario”, el teléfono que la revolución creó como un acto de “soberanía” para competir con el “capitalismo salvaje”. El tema es que mientras en VTV venden el Vergatario como un logro de la “revolución”, en la calle matan por un Blackberry, símbolo del capitalismo y la globalización. ¿Qué pasó? ¿Por qué la supuesta masificación del Vergatario no generó una satisfacción social capaz de impedir al menos que los venezolanos se maten por un teléfono?¿Por qué ya ni Chávez, ni sus ministros, ni los voceros oficiales del PSUV, volvieron a hablar del Vergatario y por el contrario usan a sus anchas dispositivos de Blackberry y Ipad?
Se trata de la derrota más clara del socialismo. El Vergatario creado por el gobierno terminó siendo para los “pendejos” mientras que la burocracia socialista disfruta del privilegio de contar con la tecnología de punta que solo se genera en capitalismo. Basta ver “La Hojilla” para percatarse de esto. Esta vez el gobierno no podrá decir que los robos de Blackberry se deben a antivalores capitalistas generados en el pasado, ya que han sido ellos los más grande promotores del uso de tan cotizado aparato que solo puede ser importado desde territorio enemigo dominado por “el imperio”. Han creado ellos mismos una desigualdad latente y un privilegio social que pone de manifiesto la hipocresía revolucionaria y el fracaso del modelo socialista, mientras que el “hombre nuevo” mata por el teléfono que la revolución no le pudo dar.
Esa es la “igualdad” socialista, la de un pueblo aguantando penurias y viviendo en el atraso, mientras que la elite gobernante disfruta de las mieles y los privilegios del capitalismo mundial. Que el pueblo ahorre para comprar un carrito iraní, mientras que los burócratas andan en Hummers y Toyotas compradas con dinero público. Que el pueblo vaya a Barrio Adentro, mientras que los “chivos” se tratan en clínicas privadas alrededor del mundo. Que el pueblo compre su Vergatario, mientras ven en la televisión del Estado el desfile de Blackberry y Ipad comprados también con su dinero.
Lo cierto es que luego de trece años de “revolución”, en Venezuela matan a la gente para quitarle un Blackberry, y eso sí es “vergatario”. Este es la prueba más elocuente del fracaso rotundo del modelo socialista y de farsa de este gobierno. Pero una ley no basta, tenemos que generar el cambio político necesario para volver a hacer lícito el progreso en un ambiente de libre mercado con generación de empleos y oportunidades para todos. Ya Pablo Milanes nos había dicho que “la vida no vale nada”, lo que no sabíamos era que en socialismo costaba tan solo un teléfono.
JOSÉ IGNACIO GUEDEZ
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