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EL POST-CHAVISMO



En Venezuela estamos viviendo un episodio histórico, cuyo desenlace y consecuencias definirá el futuro de las próximas décadas. Se trata del final del segundo gobierno más largo que hemos vivido desde la época de la colonia, el cual parece estar destinado a terminar pronto de alguna u otra manera. El cáncer “recurrente” que padece Chávez hace casi improbable su continuidad al menos en el ejercicio del poder. Es más, en las actuales y evidentes circunstancias, pedirle a Chávez que continúe mandando es casi pedirle que se suicide, en virtud de su delicado estado de salud. Votar por un paciente de “cáncer recurrente” para que asuma la responsabilidad de gobernar un país por seis años más, es sencillamente inhumano. Estoy seguro que quien quiera a Chávez como persona y no como instrumento para intereses propios, entenderá lo que estoy diciendo y abogará por un adecuado reposo y tratamiento médico. Claro que quienes usan a Chávez, como es el caso claro de los hermanos Castros, no les importa su vida con tal y que dejé la “papa” asegurada. Igualmente, quienes piensen en la estabilidad del país antes que en sus propios privilegios, entenderán la importancia de una adecuada transición en el marco de la Constitución, que prevé y regula claramente esta situación.

Pero hasta ahora no ha sucedido nada de lo que manda el texto constitucional ni las más elementales leyes de la lógica y la prudencia. Encargar al vicepresidente y designar a un nuevo candidato para las elecciones del 7 de octubre, es lo que hubiera hecho cualquier partido democrático y respetuoso del estado de derecho. Sin embargo, al menos hasta ahora, el PSUV insiste en mantener a toda costa a Chávez en el ejercicio del poder, aunque sea desde un país extranjero, para además exigirle que asuma una campaña electoral para una nueva reelección. No hay que ser médico para saber que así no se cura nadie y que de lograr el objetivo de la reelección, sería improbable que ejerza a plenitud el poder, mucho menos por seis años más. Cabe preguntarse entonces, en el marco de esta absurda estrategia que le propone al país el PSUV, ¿Qué pasaría si una vez reelecto Chávez, ocurre su ausencia absoluta? Si se le pregunta al propio Chávez seguramente diría que la resurrección, pero la verdad es que lo que ocurriría es el caos y la inestabilidad política.

Es por esto que debemos entender en toda su magnitud, la importancia de la elección del próximo 7 de octubre, ya que esa es la oportunidad que tiene el pueblo de decidir que tipo de desenlace quiere para esta compleja circunstancia histórica. Elegir a un candidato enfermo con década y media en el poder que gobierna desde Cuba y que no delega funciones ni siquiera cuando está anestesiado y convaleciente, no luce adecuado. Al contrario, un candidato joven, vigoroso, con experiencia política, que ha sido favorecido siempre por las mayorías electorales y que promete un gobierno de unidad nacional para la reconciliación y el progreso del país, parece ser la alternativa correcta. En cualquier caso, será el pueblo el que decida que tipo de post-chavismo quiere, si uno pacífico, nacionalista, democrático e institucional; o uno caótico signado por la lucha descarnada de una herencia política sin testamento donde la última palabra la tiene un país extranjero.

Yo abogo y apuesto a la conciencia popular y a la madurez política de los ciudadanos. Aunque en este país y con estas circunstancia no se puede descartar ningún escenario, me atrevo a predecir que no pasará nada más allá de un cambio político electoral que pondrá las cosas en su justo lugar, dándole la oportunidad a un nuevo proyecto y una nueva generación que sí garantiza la estabilidad y la vigencia de la constitución. Quedará un “chavismo” legitimado que asuma la responsabilidad de hacer oposición democrática, mientras que Hugo Chávez quedará como tema fundamental de los libros de historia patria y con suerte y el tratamiento adecuado vivirá muchos años para ver el cambio y el progreso en Venezuela. El post-chavismo es inevitable, en nuestras manos está decidir como queremos que sea.

JOSÉ IGNACIO GUEDEZ

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