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EL ENFERMO
La reciente complicación de la salud del Presidente Chávez desencadenó un episodio inédito todavía en desarrollo, el cual debe ser analizado, no desde la dimensión humana de un paciente de cáncer, sino desde la perspectiva política de las capacidades de gobernar de un presidente enfermo así como de un eventual escenario de transición por falta absoluta.
En este sentido no podemos dejar de pronunciarnos sobre el fondo jurídico y político detrás de los hechos relacionados con la apoteósica despedida de Chávez y su estadía en Cuba en medio del más feroz hermetismo y secretismo. Aunque a la fecha todavía no se conocen detalles de ningún informe médico relacionado con el cáncer que padece el presidente, el hecho cierto es que ya ha sido operado tres veces y hasta el momento no ha dejado de generar células malignas, lo que hace probable un cuadro de metástasis que pudiera producir su muerte. Esta conclusión se basa única y exclusivamente en las informaciones emitidas por el propio Chávez de forma directa, y no tiene nada que ver con ningún rumor, ni mucho menos deseo. Al contrario desde aquí ratificamos nuestra solidaridad humana en cuanto a la vida de un compatriota a quien queremos vencer solo política y electoralmente, para lo cual le deseamos una pronta recuperación.
Ahora bien, desde esta perspectiva resulta insólito el espectáculo de soberbia, narcisismo e irresponsabilidad protagonizado por Chávez antes de irse a Cuba, lugar donde decidió operarse de nuevo al admitir que en su propio país (al que gobierna) no tiene garantías suficientes de seguridad ni hay condiciones de conveniencia desde el punto de vista médico. Chávez se encadenó tres días seguidos antes de irse a su Isla amada, y lejos de encargar al vicepresidente o de preocuparse por la estabilidad política del país durante su recuperación o incluso ante su eventual muerte, se dedicó a exacerbar su rol de líder único e indispensable, así como la dependencia absoluta de su persona con su proyecto político. Llegó a decir cosas como “mi vida es la vida de la patria y del pueblo” y “seré candidato en cualquier circunstancias”, explotando hasta más no poder su precario estado de salud para generar las más desbordadas emociones. Perdió quizá la última oportunidad de desarrollar un liderazgo alternativo que garantice la sucesión política en sus filas o la gobernabilidad de un eventual gobierno de transición. Prácticamente destinó a la “revolución” a correr su misma suerte y prefirió correr el riesgo de enterrarla con él antes que institucionalizar su proyecto y ceder un poquito de tribuna. “Después de mi el diluvio” pudiera ser el título de su discurso durante esos tres días.
Chávez tiene un año padeciendo un cáncer aferrado al poder de forma frenética. Pero hasta ahora no ha podido gobernar ni curarse. Nosotros creemos que Chávez merece un reposo médico adecuado, así como el país merece un Presidente en plena facultades. Para eso la constitución previó la figura del Vicepresidente, pero la ambición desmedida de Chávez impide que designe debidamente a su suplente constitucional ni siquiera cuando está anestesiado y entubado en un país extranjero. Además se ha dado a la tarea de “quemar” a todos los probables herederos de su liderazgo, para seguir siendo el único. A Maduro, Jaua y El Aissami los designó apresuradamente como candidatos de estados opositores donde tienen la derrota cantada dejando en la práctica una vacante en el cargo de vicepresidente que mantiene Jaua por puro formalismo esperando que Chávez se atreva a nombrar a alguien. Por su parte, el aspirante militar de la vicepresidencia ejecutiva, tuvo que conformarse con la presidencia de la asamblea, cargo que lo inhabilita para sustituir a Chávez en la presidencia.
La única designación importante realizada por el paciente ante su partida fue la del comando de campaña donde repartió equitativamente la torta para que ningún heredero se sintiera con peso propio, colocando en la jefatura a un “castrado político” como Jorge Rodríguez. De hecho, en la práctica todo parece indicar que el verdadero vicepresidente de facto y heredero del trono en Venezuela es el propio Fidel Castro y su hermano Raúl. Quizá el acto de traición a la patria más grande de nuestra historia.
Lo cierto es que la semana pasada vimos en toda su dimensión a un presidente enfermo, pero no nos referimos al cáncer que lamentablemente padece, sino al delirio de poder más grotesco posible. Lo malo es que esta enfermedad no la curan en Cuba, al contrario, la contagian. Que sirva este espectáculo como prueba suficiente para entender la necesidad de cambiar electoralmente el gobierno y comenzar a construir un Estado que trascienda a sus líderes y garantice la estabilidad del país en cualquier circunstancia.
JOSÉ IGNACIO GUEDEZ
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