El pasado quince de enero los venezolanos fuimos testigos de una de las más grandes metamorfosis política de la historia, al mejor estilo de “Doctor Jekyll y Mister Hyde”, pero esta vez a la inversa.
No sabemos cuál fue la poción tomada por el presidente Chávez ese día, pero aquel “monstruo” que juraba la muerte de sus enemigos se había convertido como por arte de magia en un conciliador mandatario cuya mayor distorsión fue el haber reconocido que había bailado con Popy, ese famoso payaso de aquel canal de televisión que su alter ego había mandado a sacar del aire tres años atrás.
Claro que se trataba de su rendición de cuenta en una asamblea que había dejado de ser ya su barra personal para convertirse en un escenario plural para la discusión y el debate político. Por lo tanto, necesitaba de todos los artilugios posibles para desviar el tema sobre su fracasada gestión llena de devaluaciones, delincuencia, corrupción, improductividad y presos políticos.
Para eso nada mejor que apelar a su histrionismo y presentarnos a su alter ego, esa versión criolla de Doctor Jekyll que pretendió comprar impunidad luego de doce años de desastres ocasionados por su verdadera naturaleza.
Si se tratara de una obra teatral, habría que aplaudir de pie ante tamaña interpretación y ante su capacidad única de desdoblamiento bipolar. Pero lamentablemente se trata de la vida real y de un país cuyo pueblo hoy es victima del flagelo de la delincuencia desbordada y la inflación más alta del mundo. Se trató pues del incumplimiento de un deber constitucional, de una burla a toda una sociedad y de una nueva estafa política.
Sin embargo, bien vale la pena aprovechar ese largo monologo para utilizarlo al menos como confesión ante la historia y el país. Chávez admitió ese día que había dividido al país entre amigos y enemigos, generando un clima de confrontación y odio. Igualmente reconoció por primera vez (ya era hora) que él era un golpista mucho peor que Carmona, al decir literalmente que “sacar tanquetas a la calle es peor que firmar un decreto”.
Dijo cosas impensables durante siete horas como el anuncio de la reducción del plazo de la habilitante hasta mayo del corriente, cuestión que sorprendió mucho más a las “focas” que apenas semanas antes estaban en ese mismo escenario aprobando con soberbia dicha ley por año y medio.
Incluso ante la interrupción osada del diputado Alfredo Ramos solicitando le sea otorgado a los adultos mayores créditos para completar cotizaciones al seguro social y obtener finalmente su pensión mínima de vejes, el presidente accedió y comprometió públicamente a la ministra del trabajo a un encuentro con Ramos y LCR.
No se trataba de un milagro, simplemente era el efecto lógico de la llegada de la unidad democrática al parlamento, la cual representa (duélale a quien le duela) al 52% de la población. Chávez ya sabe que es minoría y “recula” estratégicamente para tratar de reconquistar a la población.
Era el comienzo formal de su campaña presidencial. Pero ya la gente se conoce el truco y sabe que el monstruo de Mister Candanga reaparecerá en cualquier momento y, al igual que en el final de la novela original, será de forma permanente y definitiva.
Por lo tanto debemos seguir avanzando con el firme propósito de cambiar de gobierno para reconstruir al país. Debemos seguir reclamando para que se suspenda completamente la habilitante usurpadora de la voluntad popular, para que se liberen a los presos políticos, para que cese el secuestro de los poderes públicos y la persecución a los medios independientes, para que se respete la descentralización y las autoridades locales, en fin, para que se restituya la democracia plena. Igualmente le seguiremos exigiendo cuentas al gobierno, las que Chávez no fue capaz de rendir, pero que el pueblo sigue esperando. Entramos en la etapa de consolidación del cambio político. Por una Venezuela libre de “mutantes” hipócritas.
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