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¿QUÉ TAN JUSTA ES LA IGUALDAD REVOLUCIONARIA?

Simón Bolívar en su famoso discurso de Angostura dijo lo siguiente: “Que los hombres nacen todos con derechos iguales a los bienes de la sociedad, está sancionado por la pluralidad de los sabios; como también lo está que no todos los hombres nacen igualmente aptos a la obtención de todos los rangos; pues todos deben practicar la virtud y no todos la practican; todos deben ser valerosos, y todos no lo son; todos deben poseer talentos, y todos no lo poseen. De aquí viene la distinción efectiva que se observa entre los individuos de la sociedad más liberalmente establecida. Si el principio de la igualdad política es generalmente reconocido, no lo es menos el de la desigualdad física y moral. La naturaleza hace a los hombres desiguales, en genio, temperamento, fuerzas y caracteres. Las leyes corrigen esta diferencia porque colocan al individuo en la sociedad para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den una igualdad ficticia, propiamente llamada política y social”.

Esta claro que para Bolívar la igualdad posible es la igualdad política, la cual no es más que una ficción creada por el hombre para tratar de corregir la desigualdad física y moral que nos viene por naturaleza. Esto no es otra cosa que la igualdad ante la ley y la no discriminación entre las personas, o lo que es lo mismo, la llamada igualdad de oportunidades. Pero a estas alturas de la historia este principio no tiene nada de revolucionario, toda vez que está reconocido en todas las democracias occidentales y en Venezuela desde hace muchísimos años. Entonces, ¿Cuál es la igualdad revolucionaria que nos están proponiendo?

Para los pensamientos políticos revolucionarios como el comunismo o el socialismo de Chávez (que no tienen nada de bolivariano), esa igualdad política no es suficiente porque no logra la igualdad material entre los hombres y no logra evitar en la práctica la desigualdad en la sociedad producto de las diferencias naturales de las que hablaba Bolívar. La igualdad que nos están proponiendo es aquella que es antinatural, o sea, la que se materializa a la fuerza sin importar las diferencias de carácter, genio y temperamento que existen y existirán siempre entre los hombres. Sobre estas diferencias el maestro español Ortega y Gasset estableció hace dos siglos lo siguiente: “La sociedad es siempre una unidad dinámica de dos factores: minorías y masas. La división de la sociedad en masas y minorías no es una división en clases sociales, sino en clases de hombres, y no puede coincidir con la jerarquización en clases superiores e inferiores. Dentro de cada clase social hay masa y minoría auténtica. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo — en bien o en mal — por razones especiales, sino que se siente "como todo el mundo" y, sin embargo, no se angustia, se siente a saber al sentirse idéntico a los demás. El hombre selecto (minoría) no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores. Y es indudable que la división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas.”.

Esta teoría es quizás la única que explica las diferencias entre las personas no en virtud de las consecuencias de esas diferencias sino más bien en virtud de sus verdaderas causas. Por ejemplo la banal diferenciación entre ricos y pobres solo se refiere a un estado circunstancial y material que no comprende el fondo del asunto. En cambio, establecer una diferenciación en la humanidad entre los que se exigen y los que no se exigen a si mismo, más allá de su estado circunstancial, sí toma en cuenta la única diferencia insalvable entre los hombres: la psicológica o mental. Ahora bien, nadie puede dudar que desde el punto de vista natural, los hombres tienen el mismo derecho de sentirse “minoría” o “masa”, o sea, de exigirse mucho o de no exigirse nada. Igualmente resulta obvio que esas diferencias psicológicas o mentales de origen, generan a su vez diferencias circunstanciales o de resultado entre los hombres, creando una desigualdad natural en las sociedades; lo cual es justo siempre y cuando todos tengan el mismo derecho de decidir exigirse mas para destacarse y progresar (igualdad de oportunidades). Pero ya sabemos que la igualdad “revolucionaria” no se conforma con esto y pretende crear una sociedad de iguales, lo cual solo es posible convirtiendo a todo el mundo en “masa” y exterminado a las “minorías”, para conformar así una uniformidad antinatural en la sociedad.

La paradoja de todo esto es que dicho modelo de sociedad solo puede ser impuesto a través de un liderazgo político contundente y poderoso, o sea a través de una autentica “minoría” que domine a la “masa” de modo tal que impida la generación de otras “minorías” dentro de la sociedad. Se trata del Líder y la “masa”, o sea, de una sola, exclusiva y monopólica “minoría”. Es por esto que tanto en la Unión Soviética, como en Cuba, como en Libia como ahora en Venezuela, la imposición de estos modelos de supuesta “igualdad” pasan primero por la conformación de una elite (minoría) tan superior que logra acabar con el resto de las “minorías” sociales que por naturaleza se encuentran en cualquier nivel socioeconómico de la sociedad, para luego establecer la mayor de las desigualdades, la que existe entre un caudillo “todopoderoso y eterno” y una sociedad oprimida y mutilada.

En conclusión, mientras la igualdad democrática es aquella que refería Bolívar relativa a las oportunidades y a la no discriminación ante la ley, en la cual los hombres son libres de destacarse en virtud de sus deseos o ideales; por su parte la igualdad revolucionaria es aquella relativa a los resultados que desconoce las diferencias naturales entre los hombres y se impone a la fuerza nivelando la sociedad a su mínima expresión. Estos son los dos modelos de los que habla Chávez, solo que el “bolivariano” no es el de él.

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